| 1892
Cuando fuera, en la noche,
el viento azota los tejados y persigue aullando a la propia
muerte, yo mismo tengo escalofríos acordándome
de la suerte de aquellos dos.
Fui guardia en la plantación penitenciaria
algodonera Northwood, Texas, durante más de cuarenta
años. Y guardo realmente buenas historias, o al menos
eso creo. Hay algunas, como la de Harry y Jones, que no se
pueden contar a los nietos, creo que ya me entienden. Es por
eso que voy a contársela a ustedes, aprovechando que
ahora me escuchan. Es cada vez más difícil encontrar
gente que escuche a un viejo carcelero como yo...
Harry tironeaba de Jones en el pantano. Le costaba creer
que un hombre tan pequeño pudiera resultarle tan pesado.
Llevaban toda la noche vagando a oscuras por aquel lodazal
y bien sabía Dios, que si por él fuese, ya hacía
horas que se habría librado de su molesto compañero.
Pero la maldita cadena se lo impedía.
Harry era un asesino. Y de los de la peor especie, si se
me permite decirlo. Harry murió hace ya muchos años,
así que no creo que él tenga nada que decir
en contra mía. Era calvo y muy gordo. Extremadamente
gordo, más bien. Una bola sebosa de casi dos metros
de altura, poco cerebro y ningún escrúpulo.
Harry dedicó, durante seis meses, las noches de los
viernes para torturar y matar ancianos allá en su pueblo,
Nashville, Oregon. Sorprendía a sus débiles
víctimas en la cama y aprovechando su soledad, disfrutaba
enfermizamente de los terribles gritos que él mismo
provocaba. Finalmente fue capturado. Corría el 1876
y la policía empezaba a tomarse las cosas en serio.
Lo persiguieron durante tres días y lo acorralaron
en un granero abandonado. Les costó dos días
más sacarlo de allí, y perdieron a cuatro hombres.
Cumplía cadena perpetua en la plantación Northwood,
Texas. Allí conoció a Jones.
Amanecía en el pantano. La noche había sido
muy larga. Harry se derrumbó en un pequeño trozo
de tierra parcialmente seca, con Jones a su lado. El condenado
pedazo de mierda se negaba a salir de la inconsciencia. Claro
que no era tan fuerte como él. Llevaban dos días
perdidos en aquella zona, cansados y mojados, mortificados
por el incesante zumbido de los insectos. Los monos azul marino
de arpillera, sus uniformes de la plantación, estaban
sucios y rotos. Ambos estaban cubiertos de llagas y rozaduras
fruto de su audaz huida. Ninguno nos imaginamos que tomarían
por el pantano. Dark Bayou, lo llamaban. A Harry le dolía
jodidamente la muñeca. La cadena que les unía
relucía como el primer día que se la pusieron,
seis años atrás. La muerte del viejo Lenny había
logrado que la plantación le propusiera un nuevo plan
de escape en la forma de Jones, más joven y fuerte.
En la plantación no investigábamos la muerte
de los trabajadores. Aquello favoreció a Harry. Adiós
Lenny, hola Jones. Pero Jones había resultado ser irritablemente
inútil, pensaba Harry.
Jones era bajo y muy delgado, pero fuerte. El chico fibroso
de Greta le llamaban en Louisepoint, Texas. La familia de
su madre descendía directamente del fundador del pueblo,
Jake Louise, y eso es algo que todavía hoy se respeta
en Louisepoint; es un pueblecito muy decente. Claro que luego
pasaron a llamarle esa condenada mierda carne de horca que
va a matar de un disgusto a la pobre Greta. Porque Jones era
un violador, pueden creerme. Entre todos trataron de ocultárselo
al alguacil local, porque esa es la clase de cosas que se
espera de uno si vive en un pueblo decente como Louisepoint,
Texas. El padre de Beth Zacary no estaba de acuerdo, claro.
Pero su primo Paul, y además alcalde de la población,
le convenció una fría mañana de caza,
en la cañada Louise, de un único disparo en
la cabeza. Y cuando Tim Hogan, hermano de Mary Hogan, expresó
su desacuerdo, los chicos de Paul Zacary, John, Philip y el
pequeño Sam se divirtieron con él y unos cuantos
caballos. Tim Hogan fue enterrado a trozos ante sus horrorizados
padres y hermana el 4 de julio de 1884 a sus tiernos catorce
años. Claro que hubo que enterrar a todos los Hogan
antes de que acabara el año. Después de eso
ya a nadie le importaron las correrías de Jones el
de Greta, o al menos nadie lo decía. Las chicas jóvenes
fueron retenidas en casa por la noche durante todo el 1885,
mientras se solucionaba el problema. No crean que no hicieron
nada los Zacary por acabar con las incorrectas tendencias
de Jones, se lo aseguro. Se turnaban puntualmente los tres
en el granero de Greta, Paul, John y Philip, para explicarle
lo desaconsejable de su actuación. Y casi lo consiguen.
Pero seguramente tantos golpes en la cabeza acabaron por desequilibrar
totalmente al chico, que no perdió su vicio nefasto.
Finalmente Jones fue entregado en febrero de 1886 y condenado
a veinte años de trabajos forzados en la plantación
Northwood, Texas. Cuando lo encadenaron a alguien tan violento
como Harry creía morir, pero en sus seis años
en la plantación se hizo buen amigo de él.
Jones despertó por fin en la mañana del tercer
día. El dolor de la muñeca encadenada le torturaba
terriblemente. Harry debía haberle arrastrado por un
largo trecho. Durante el resto de la mañana y toda
la tarde se esforzó por seguir el paso de Harry. Mientras
tanto se preguntaba cuándo exactamente había
consentido él en esa horrible huida. Si los cogíamos
los ahorcaríamos. Puede que ni nos molestáramos
en quitarles la cadena y los ahorcáramos juntos. Jones
sabía perfectamente que Harry pensaba en la fuga, pero
no le creía capaz de intentarlo sin consultarle al
menos. Cuando Harry estranguló a Zack, el guardia del
turno de mañana, él únicamente fue capaz
de mirar horrorizado. Era un buen tipo este Zack, si me lo
permiten. Corrieron, por supuesto. Jones detrás de
Harry, y no hubo manera de darles alcance ese día.
Usamos perros en su búsqueda, si es en lo que están
pensando, pero los perdimos.
Todavía era de noche cuando salieron del pantano y
entraron en la propiedad de los Cunninghan. Vieron las primeras
luces de la granja a lo lejos y se dirigieron allí.
Jones trató de convencer a Harry de que quizá
podrían conseguir algo de comida. Pero lo que realmente
consiguió que Harry accediera, fue la posibilidad de
encontrar herramientas y deshacerse de la cadena que les unía.
Quiso la suerte que en la granja sólo estuviesen George
Cunninghan y su nieta Mary. Yo conocí personalmente
a Eleonor Cunninghan y era realmente una de las personas más
buenas de Texas. Cuando los padres de Mary murieron, George
y Eleonor se ocuparon de la chica. Aquella semana Eleonor
estaba en casa de una prima suya, gravemente enferma... No
recuerdo el nombre... Fue hace tiempo y me hago mayor... Ya
me perdonaran, pero qué demonios, recuerdo muy bien
lo que pasó en la granja de los Cunninghan y eso es
lo que estoy contándoles.
Los dos presos se acercaron lentamente a la propiedad y se
colaron con las primeras luces del día en el granero.
Trataron de quitarse la cadena pero, como no querían
hacer demasiado ruido y además, estaban atados de manera
que Harry sólo podía hacer uso de su mano izquierda,
no pudieron. El hacha de George, aunque bien afilada, era
demasiado grande y pesada para que la manejara Jones con una
sola mano. Iban a necesitar ayuda. Discutieron en voz baja,
si es que estos dos eran capaces de hablar en voz baja alguna
vez. Jones quería que robaran el hacha y se largaran
de allí. Ya encontrarían a alguien que la manejara.
Harry pensaba que Jones era estúpido. No encontrarían
mejor oportunidad que aquella, le dijo. Aquella granja estaba
realmente alejada de todo y Harry pretendía al menos
esperar a averiguar quién vivía allí,
para ver si podían usarlos para cortar la cadena. Espiaron
por las rendijas hasta estar razonablemente seguros de que
sólo dos personas trabajaban por allí. Una era
bastante mayor y la otra demasiada joven. Estaban lejos y
no acertaban a distinguir detalles con claridad. Tendrían
que valer.
Quizá si George hubiera ido personalmente a por los
cubos aquella mañana al granero la historia se hubiera
desarrollado de una manera diferente. Cuando Harry se dio
cuenta de que lo que él creía era un chiquillo,
era en realidad una joven mujer acercándose al granero,
intuyó que tenía un grave problema. No bien
se giró hacia Jones, percibió su gran excitación.
La idea de marcharse de allí con el hacha quedó
olvidada para el hombrecillo en cuanto distinguió el
sexo de la joven que se acercaba.
Recuerdo perfectamente a la joven Mary. Era el tipo de niña
que a todos nos gusta tener en el pueblo. Un angelito rubio
con delicados tirabuzones capaz de hacer sonreír al
viejo más cascarrabias, como ahora lo soy yo...
Apenas hubo entrado Mary en el granero, ambos hombres se
lanzaron sobre ella y la aplastaron contra el suelo. Harry
silenció a la pequeña con su mano libre mientras
Jones con su mano libre… Bueno, ya me entienden. Entre
los dos la amordazaron con un trapo y la retuvieron bajo ellos
mientras discutían qué hacer a continuación.
Jones era evidente qué quería hacer primero,
pero Harry no estaba dispuesto a consentirlo. Y no porque
Harry tuviera ningún pudor, no. Él ya se había
dado cuenta de que la chiquilla no sería capaz de usar
el hacha para separarlos. Tendría que ser el viejo.
Así que decidieron sentarse y esperar. Ya vendría
él a ellos.
Entonces llegué yo. Tendría cerca de veinte
años, apenas haría tres que trabajaba en Northwood.
No, más bien unos veintidós… ¿Cuándo
fue lo del incendio de Woodspeck? Bueno, que me muera aquí
mismo si importa. Allí estaba yo. Me mandaron pensando
que los fugados no iban en aquella dirección. Yo era
joven e inexperto. Ni siquiera iba armado entonces. Yo empecé
trabajando en un estercolero, ¿saben? Pero demonio,
eso tampoco les importa una mierda, nunca mejor dicho.
Harry y Jones se asustaron bastante al verme. No alcanzaban
a reconocerme tan lejos como estaban, pero sí eran
capaces de identificar mi uniforme. Mientras yo hablaba en
el porche de la casa con el bueno de George, ellos en el granero
sudaban y sudaban. Aquel fue un día terrible de agosto
en Texas. El sol ya estaba alto cuando me fui de allí,
y en el granero no se podía ni respirar. Ellos se tranquilizaron
algo al verme marchar. El guardia no había dado problemas,
la chica no daba problemas, el viejo no iba a dar problemas.
Creo que es hora de que les hable de George. Huérfano
desde niño, como yo, fuimos siempre buenos amigos.
Murió hace ya tiempo. Levantó su granja con
mucho esfuerzo veinte años antes de que yo naciera.
Se casó con Eleonor Matts y tuvieron tres hijos, todos
mayores que yo. A todos los conocí y a todos ayudé
a enterrar. Pero bueno, les estaba hablando de George. Él
siempre fue un hombre fuerte. Quizá no muy grande,
pero sí fuerte. De esa clase de dureza que ganan los
hombres al campo. También era un hombre bueno. Pronto
se preocupó por su nieta y fue al granero a buscarla.
Jones había encontrado un cuchillo en el granero,
en alguna parte. Uno blandía el hacha con su mano izquierda
mientras el otro sujetaba a la niña con la navaja en
su cuello. George los precedió hacia la casa bajo un
sol de justicia en busca de comida.
No sé qué hubiera pasado si yo hubiera aceptado
el café que me ofreció tomar George en su porche.
Quizá los presos no hubiesen esperado a que me fuera,
atrapados en el infernal granero. Puede que se hubieran deshecho
de la niña y continuado su fuga. O que hubieran venido
a por los dos. No lo creo. El caso es que yo sí me
fui. Pero no muy lejos. A tan sólo un par de kilómetros
de la cancela de George Cunninghan descubrí que había
olvidado el sombrero en su barandilla nueva.
Cuando George subió las escaleras se fijó en
mi sombrero, elegantemente colgado de un clavo en el porche.
Y allí que fueron para adentro, tres hombres y una
niña. Entraron como lobos en su cocina, ataron con
trapos a la pequeña Mary y la sentaron entre los dos
mientras comían. George sólo podía mirar
y preguntarse desesperado qué pasaría cuando
acabaran.
Yo estaba preguntándome entonces cómo podía
ser tan despistado. En verdad mi preocupación era mucho
menor que la del pobre viejo. Caía lentamente la tarde
en Texas y ya no podría pasarme por la granja de los
Marty. Eran buenos tipos aquellos Marty. Un poco locos, pero
buenos al fin y al cabo. Se portaron bien conmigo cuando era
crío, invitándome a comer de vez en cuando.
Todo cambió cuando empecé a trabajar en Northwood.
Años después entendí la razón.
Pero eso es otra historia. Los pájaros cantaban aquella
tarde.
Cuando Jones terminó de comer volvió a pensar
en Mary. Y cuando acabó Harry, pensaron en George y
el hacha. ¿Sería el viejo capaz de cortar la
cadena? No parecía demasiado mayor, de todos modos.
Ya les he dicho que era un hombre bastante fuerte, ¿verdad?
Pues bien, apartaron a su nieta y le alcanzaron el arma. Extendieron
la cadena encima de la mesa, se sentaron cada uno en una silla
y George levantó el hacha.
El primer hachazo fue para Harry. En plena frente. Hasta
nunca, Harry. La sangre salpicó ferozmente a los otros
dos hombres. George desencajó con esfuerzo el hacha
del gordo. Mientras, Jones aullaba de miedo y tironeaba de
la floja muñeca de su compañero, clavado a la
silla favorita de Eleonor. Al viejo le resbalaron las manos
y el siguiente golpe no fue tan certero como el anterior.
Jones se encontró libre de repente, pero con medio
brazo menos. Cayó el suelo entre rugidos de dolor y
trató de arrastrarse protegiéndose con la silla.
Tras un ágil movimiento de brazos, la sangre volvió
a regar el suelo de la cocina. El hacha quedó enterrada
en su espalda.
Vi a George Cunninghan salir trastabillándose al porche
de madera de su casa. Tembloroso, se inclinó al lado
de la barandilla que él mismo había construido
la pasada primavera y vomitó. Algo más calmado
se desprendió de la chaqueta, roja de sangre. Todo
él, sus manos, su ropa, su cara... aparecían
manchados. Se notaba viscoso y culpable. Pero todo había
terminado ya.
Es verdad que no era una historia para contársela
a los nietos, ¿eh? Cuando fuera, en la noche, el viento
azota los tejados y persigue aullando a la propia muerte,
yo mismo tengo escalofríos acordándome de la
suerte de aquellos dos. Pero ustedes ya no son niños
y sabrán olvidarse de mí pronto. ¿O no?
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