| SNÜRFELS
- No hay manera de entender esta letruja... Vaya mierda.
¡Si es que así cómo quieren aprobar!.
Ni primero de preescolar aprobarían algunos...
Resoplido. Bufido. Tres palabras ininteligibles más
adelante:
- ¡¡Vaya mieerda!!
Acompañamiento de grito, braceo compulsivo. Bolígrafo
rojo, Pilot V-7, “Alumnos especiales”, en trayecto
brazoimpulsado hasta la Luna de Techo. Cambio. Impacto. Corto
y cierro.
La monumental algarabía provocada por su colega despertó
a Matilde.
- Si es que es demasiado pronto para corregir nada - pensó,
arrastrando pies ya hacia el despacho de su atribuladísimo
vecino.
Su entrada coincidió con el soberano cabezazo de
Borja Mari contra la parte inferior de la mesa, quien, doblado
en dos a media inmersión (Auuuu, Auuuuu...) había
buscado con escaso éxito al traidor V-7. ¡Buuuum!
- Sí señor, un golpe de primera, Borja Mari.
Ya no sabes qué hacer para alegrarme las mañanas.
La cara de desconcierto y dolor de nuestro querido profesor
no tenía precio. Se llevaba la mano derecha a la cabeza
y restregaba con la misma ilusión que el mismísimo
Aladino. A punto de estallar, se paseaba nervioso por el reducido
cuartito.
El día comenzaba realmente mal. Nada podría
empeorarlo. ¿He dicho nada? Noooo, porque un grotesco
y humeante submarino volador-espacial-amarillo-ultimísimo
modelo enfiló su nariz desde el exterior del edificio.
Sí, sí, aquel terrible artefacto con obscena
forma de puro (algo fálico también, recordaría
después), atacaba directamente su ventana, amenazando
con joder completamente el resto de la mañana, sino
del día, a nuestros Matilde y Borja Mari.
Y así pilló a Borja Mari, con la mano en el
melón y preguntándose si ponerse hasta las trancas
de café a horas tan tempranas podía perjudicarle
de esas terribles maneras, hasta el punto de hacerle asistir,
en rigurosísimo directo, bajo la batería de
focos, en nuestra pista central, damas y caballeros, al ataque
sin par de los alucinantes hombrecillos verdes del espacio
sideral, tachín, tachán, a bordo del Infausto
Pene Milenario Amarillo.
¡¡¡¡Catacroooock!!!!
Y el tiempo no pareció detenerse como en las pelis
ni nada de eso, sino que el submarinísimo se, literalmente,
incrustó en el hueco, estrecho, de la ventana. Todo
voló por los aires, privando así a Newton de
parte de su prestigio. Los V-7 (que Borja Mari guardaba por
docenas), los trabajos sin corregir, los corregidos, la papelera,
Matilde, los abrigos, Borja Mari con la mano aún en
la azotea, muchos libros y hasta un trozo de mesa creo que
saltó.
El Cigarro volador-ultimísimo modelo siseó
de forma ominosa dos veces y comenzó a expulsar un
humo negro densísimo.
- ¡La ventana, la ventana! - Borja Mari desde el suelo.
- ¡La puerta, la puerta! - Matilde en el pasillo.
- ¡No! ¡La ventana, el humo, el puro... qué
sé yo! ¡Cierra algo Matilde, por Dios!
Y entró Matilde en el despacho, cerrando la puerta
tras de sí, apretujándose allí los cuatro:
ella, él, ello y el humo.
- ¡Pero qué haces, mujer! ¡Que nos vamos
a ahogar!
- ¡Calla, calla! Que ahora salen ellos...
- ¡Pero qué ellos, ni ellas, ni que niño
muerto...!
Y a callar tocaron, pues boquiabierto y, créanme
amigos, con la mano todavía por sombrero, asistió
Borja Mari estupefacto a la más asombrosa representación
de su vida. Se abrió una hasta entonces oculta puerta
y macabras maldiciones fueron proferidas desde el interior
del submarino. Resonaban desde dentro, sí, pues no
estaba calculado tan desastroso ventanizaje.
- Y ahora los cabezones verdes, ¿no? - premonizó
el profesor.
Una vez más se equivocó, y no sería
la última, ya que no verdes, mas sí cabezones
eran los diminutos hombrecillos que salieron como en piña,
peleando y mordiéndose, amarrándose los unos
a los otros por las puntas de los curiosos sombreretes con
los que se tocaban. Tal era la ruidera, que Borja Mari, el
Caballero de la Mano en la Cabeza, empezó a preguntarse
cuántos compañeros suyos acudirían a
su minúsculo cubículo, y cómo demonios
iba a dar asiento a todos ellos y a los tres, ¡no!,
¡cuatro! (¡con qué saña se enfrentaban!)
lampiños duendecillos visitantes.
Se sacó (¡por fin!) la mano de la sesera, olvidado
cualquier dolor anterior, y trató de poner algo de
orden y paz entre los viajeros. Al cabo lo consiguió,
no sin antes recibir algún que otro mordisco, recuerdos
desde la otra punta de la Vía Láctea ésa,
salude usted a su madre de mi parte, de aquellos seres de
dos palmos, que con furia imprevista en aquellos cuerpecillos
se esforzaban, enconada y tozudamente, en acrecentar el desbarajuste
reinante.
Sin aliento y alineados, al fin, encima de la mesa, comenzaron
todos a parlotear a la vez intentando presentarse. Tras un
rato de tan entrañable desconcierto, el más
alto del grupo impuso su voz y su ley a los otros, por el
expeditivo método de asestar capones sin piedad a diestro
y siniestro (más a diestro que a siniestro, pues el
de su derecha era especialmente molesto...):
- Saludos, grandes señores - comenzó -, somos
“Snürfels”, del planeta Bleu, y yo soy el
Camarada Uno, y estos son el Camarada Dos, el Camarada Tres
y el Camarada Cuatro... -.
Pronunciaba “camarada” arrastrando sonoramente
la “erre” y como dando a entender, además,
que ese título tenía gran importancia allí
de donde vinieran.
- Super original - pensó Borja Mari -, no sólo
me derrumban media pared y me llenan de humo el despachito,
sino que encima no traen nombres de alienígenas como
Dios manda...
- Esnor... ¿qué? - preguntó Matilde,
medio escondida detrás de los restos del perchero.
- No, no, no, no, no, no, no, señorita mía.
“Ssss”, “Ssss”. Una “ese”
silbante, no se invente letras, por favor. “Ssssnürfels”.
Así, eso es - aprobó el cabecilla ante los nuevos
esfuerzos de Matilde.
- “Snürfels” – repitió ella,
y aplaudieron todos.
La que iba a ser una tediosa y larga mañana de interminable
corrección para Borja Mari, se transformó en
la más increíble lección de astronomía
sideral, también último modelo, que él
iba a recibir jamás.
Como en una nebulosa onírica Borja Mari atendía
a las, él pensaba, incompletas explicaciones del Camarada
Uno. Así escuchó, sin entender nada, algo acerca
de la normal curvatura de cierta parte de un subuniverso,
ajeno a todo lo que él conocía. También
otra sobre cierta cuadratura de no se sabía bien qué
clase de círculo, por todos los demonios, que formaban
al menos una docena de planetas y estrellas, a su juicio,
esparcidos sin ningún orden en una esquina del estropeado
mapa que llevaban los duendes en la nave.
Borja Mari logró abstraerse por fin de las aburridas
explicaciones de aquel endemoniadamente pesado ser y miró
a su alrededor, tratando de hacerse una idea general de lo
que estaba pasando a su alrededor en lo que, a fin de cuentas,
era su propio despacho.
El Camarada Uno seguía azotando despiadadamente su
castigada cabeza con aquella verborrea incesante acerca de
planetas, estrellas, curvaturas y, créanlo o no, atajos.
Notó enseguida la ausencia de dos de ellos, y miró
alarmado hacia la puerta. ¡Uff! Aún estaba cerrada,
y con el perchero cruzado delante, para mayor seguridad. No
quería ni pensar en dónde podía meterse
siendo el responsable de que un par de hombrecillos de apenas
un metro de alto, gorritos de duende y acento ruso o alemán,
vete tú a saber, deambularan sin control por su departamento.
Debían haber vuelto a su infernal máquina, sin
duda. Así era, pues escuchando con atención
pudo escuchar los ruidos que hacía al menos uno de
ellos deslizándose hacia adentro. Aún faltaba
otro.
Un tercer visitante le estaba contando algo al parecer muy
gracioso a Matilde, pues esta no hacía más que
reírse. Cada vez que ella reía, él se
sonrojaba violentamente, entre tímido y encantado.
Antes de poder localizar al cuarto, el hombrecito-mecánico
debió llegar al lugar correcto, pues comenzó
a oírse un ruido de motor, constante, fuerte y muy
molesto. Como si hubiera conectado esa suerte de motores auxiliares
que se conectan en la calle, para proveer de energía
a las máquinas más grandes. Borja Mari intentó
protestar, pero ni su voz fue lo suficientemente fuerte, ni
el jefecillo pensó que aquella ruidera debiera interrumpir
su interminable perorata.
El cuarto, el cuarto... No le veía por ninguna parte.
Aún había humo en el despacho, pero alcanzaba
a ver sin problemas todas las esquinas del despacho. ¡Que
tampoco era tan grande, córcholis!. Entonces, animado
quizá por el horrible chirrido que martilleaba los
oídos de todos, apareció el último al
fin por debajo de la mesa. Llevaba en una mano cerca de una
docena de sus preciosos V-7 y en la otra el gorro que, a modo
de bolsa, había llenado con gomas, algún lapicero,
una grapadora y algunas bolas de papel. Algo se sublevó
dentro de Borja Mari. Era una violación total de su
espacio de trabajo, su lugar más íntimo. Impuso
su voz al chirrido, a los berridos de Matilde y de su compañero,
y a la explicación del botarate que tenían al
mando aquellos diminutos delincuentes comunistas:
- ¡Ladrón!, ¡granuja!, ¡sinvergüenza!
– le increpó.
En ese mismo momento, y como obedeciendo a una orden silenciosa
el chirrido paró en seco y el submarino expulsó
una tremenda bocanada de humo negrísimo. Todos callaron
al unísono y oyeron cómo el duendecillo-mecánico
se esforzaba por salir al exterior. Asomó su carita,
negra de hollín, por la abertura central y con una
boca enorme, blanca de dientes, aulló a voz de cuello:
- ¡Explosión!
Los enanitos desaparecieron como por ensalmo, ya bien debajo
de la mesa o escondiéndose en armarios. Atónitos,
Borja Mari y Matilde fueron golpeados con asombrosa fuerza
y tragados por una bola de humo y fuego, que se llevó
por delante todo lo que no estaba clavado al suelo. El despacho
se sumió en una asfixiante oscuridad.
- ¡Abre Borja Mari! ¡Abre!
Luisón luchaba denodadamente con la puerta con escaso
éxito. ¡Había algo por dentro que la atrancaba!
Llevaba cosa de tres meses trabajando en el departamento,
ayudando en lo que salía. Generalmente sustituía
a los profesores en algunas clases, les ayudaba a corregir
las paladas de trabajos y ejercicios que entregaban los alumnos
y cosas así.
Por fin logró forzar la puerta, descubriendo con sorpresa
que lo que la atrancaba era un ¿¡perchero!? en
pésimas condiciones.
- ¿Borja Mari?
- Pasa, pasa Luisón – dijo Borja Mari, con
voz extrañamente neutra, desde dentro.
La luz entraba a raudales por un inmenso boquete practicado
irregularmente donde antes estaba la ventana. Aún así,
una gran polvareda impedía la visión normal.
Entre la nube Luisón acertó a distinguir al
profesor, sentado a su mesa, rodeado de trozos de papeles
aún humeantes. Llevaba su elegante camisa rasgada,
se le apreciaba un enorme chichón en la cabeza y le
lagrimeaban los ojos a causa del humo. Tenía la cara
manchada de ceniza y el pelo de punta. Sentado allí,
con esa facha, estaba ciertamente cómico. Manejaba
un lapicero renegrido y parecía corregir un folio chamuscado
con abundantes agujeros.
- ¿Sí? – preguntó Borja Mari,
como si tal cosa.
- Pero, ¿qué ha pasado aquí? ¿Estás
bien?
- Sí, sí. Claro, ¿qué va a pasar?
- Hombre, la explosión, el boquete, todo este humo...
- Tsch, tsch, nada, nada. Todo bien. O aún diría
más, todo normal. Y si no quieres nada más,
si no te importa, tengo mucho por corregir todavía.
Cuando se fue Luisón, Borja Mari soltó el
lapicero y se frotó vigorosamente el entrecejo. Todo
muy normal, claro. Los “snürfels” y su máquina
del averno se habían largado en la oscuridad, dejándole
solo por fin, para que pudiera corregir en paz. Además
se habían llevado secuestrada a Matilde para Dios sabe
qué experimentos. Mejor todavía, no le molestaría
más. El humo se iría, la ventana se arreglaría
y él podría ordenar el despacho de nuevo. Y
si alguien se quejaba si él había perdido algún
trabajo, no tenía más que contarle la verdad.
Seguro que lo entendía.
Sólo echaba en falta los V-7. Ese enano ladrón
no le había dejado ninguno.
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